by Alejandro Aguilera-Titus

En 1983 los obispos de los Estados Unidos escribieron una carta pastoral sobre el Ministerio hispano titulada: “La Presencia Hispana: desafío y compromiso”. La carta pastoral causó una gran alegría a los hispanos católicos que oyeron a sus obispos decir, “En este momento de gracia, reconocemos la comunidad hispana entre nosotros como una bendición de Dios”.

Los obispos siguieron diciendo que los hispanos dan ejemplo y aprecian valores centrales en el servicio de la iglesia y la sociedad: un aprecio amoroso del don de la vida que nos da Dios; un maravilloso sentido de comunidad que celebra la vida a través de la fiesta; una auténtica y constante devoción a María, la madre de Dios; y un amor profundo y reverente por la vida familiar, donde toda la amplia familia extendida descubre sus raíces, su identidad, y su fuerza.

Hoy día estos dones son compartidos por millones de católicos hispanos en más de 4,000 parroquias en que está presente el ministerio hispano. En particular el amor a la familia se hace bastante visible a través de los innumerables niños de toda edad presentes en las liturgias dominicales en español en todo el país.

La fuerza de los matrimonios y de las familias hispanas se arraiga en una cultura profundamente católica que puede florecer incluso en las circunstancias más difíciles. Las cifras del Bureau del Censo de Estados Unidos nos muestran que de los 9.9 millones de familias hispanas que viven en Estados Unidos, 67% gozan de una pareja casada y 44% de pareja casada con hijos de menos de 18 años. En la misma línea, 66% de los niños hispanos viven con padres casados (2007) Estos porcentajes son significativamente más altos que la media para todas las familias del país. Sin embargo, esta cifra de “relativo éxito” no se debería dar por descontada. Las parejas y familias hispanas no son inmunes a los muchos factores sociales que erosionan los matrimonios y la vida familiar hoy día.

Es más, muchas familias hispanas hoy tienen que enfrentarse al impacto directo de la emigración de sus países de origen que deja a cónyuges y familias enteras divididas por las fronteras. Sufren incluso más división bajo un sistema de inmigración quebrantado, que no sólo obstaculiza sus esfuerzos de reunificación, sino que también separa a esposas e hijos de sus padres, debido a las deportaciones a menudo realizadas sin consideración a la vida familiar o a la dignidad humana. Los periódicos están llenos de historias de niños que llegan a casa de la escuela y se encuentran que uno o ambos padres han sido arrestados con alegaciones de falta de documentación para residir o trabajar en Estados Unidos.

Estas notas pretenden comenzar una conversación sobre la pregunta, ¿cómo puede la iglesia apoyar mejor a las parejas y familias hispanas de hoy y del futuro? La conversación comienza mirando a quiénes son los hispanos y los desafíos a los que se enfrentan hoy. Continúa con pasos prácticos que promueven la identidad católica, el sentido de pertenencia y compromiso al ministerio entre los hispanos. Finalmente, ofrece recomendaciones pastorales concretas para fortalecer a las parejas hispanas y a las familias en el contexto de parroquias cada vez más culturalmente diversificadas.

Cuando miramos a los desafíos a los que se enfrentan las parejas y familias hispanas/latinas hoy, es importante recordar la rica diversidad que existe en esta creciente comunidad. Con raíces en más de 23 países latinoamericanos distintos, hay variaciones en el uso del lenguaje, expresiones culturales diversas y tradiciones distintas en los distintos grupos.

El estatus económico, ciudadanía y diferencias de educación también son evidentes ya que los hispanos están presentes en todos los estratos de la vida de la sociedad de Estados Unidos. Más recientemente, ser nativo o extranjero en Estados Unidos ha supuesto una diferencia muy significativa dado el alto porcentaje de nuevos inmigrantes y sus propias experiencias particulares, necesidades y aspiraciones. Según el censo de 2000, cuatro de cada 10 hispanos residentes en Estados Unidos han nacido en el extranjero. A pesar de las realidades de cada uno y de sus propios acentos particulares, la mayoría de los hispanos comparte tres factores significativos: lenguaje, cultura y fe. En relación con el lenguaje (o deberíamos decir lenguajes), 32.2 millones de residentes hispanos en Estados Unidos de más de cinco años de edad hablan español en casa, mientras que más de la mitad también habla inglés muy bien. Respecto a la cultura, los hispanos comparten una cultura mestiza, esto es, una cultura que nace de la fusión de dos o más culturas, dando paso a una nueva cultura, un nuevo pueblo por cuyas venas corre la sangre de sus ancestros nativo-americanos, europeos, y africanos.

En lo que se refiere a la fe, aproximadamente 70% de los hispanos se denominan católicos. La mayoría de los demás se identifican con las distintas denominaciones cristianas y sin embargo la evidencia anecdótica sugiere que muchos de ellos continúan practicando ciertos aspectos de la fe y vida católicas, particularmente las relacionadas con las devociones populares. Esto no es sorprendente, ya que la cultura hispana está moldeada por los valores católicos, sus símbolos y expresiones.


El desafío de un nuevo comienzo

Las ciencias sociales nos dicen que la principal responsabilidad de los padres es proteger y cubrir las necesidades de sus hijos, y capacitarlos para tener una relación positiva con las instituciones de la sociedad en la que viven. Pero, ¿qué ocurre cuando los padres no saben cómo relacionarse con esas instituciones o, lo que es peor, tienen miedo de ellas?

Ser una pareja o padres inmigrantes puede ser extremadamente difícil y doloroso. Abundan las historias sobre padres hispanos que se angustian viendo que sus hijos salen de su seno hacia un mundo que ellos no comprenden, una cultura que muy a menudo les dice a los inmigrantes que este no es su sitio, que no son lo suficientemente buenos. Uno sólo se puede imaginar lo frustrante que es para los padres recién inmigrados, sin importar de dónde vengan, no poder defender a sus hijos en las escuelas, en una visita al doctor, o en la liga de deportes local. Es incluso más dramático para los padres que dependen de sus hijos como traductores en tiendas, agencias del gobierno y escuelas.

Tales desventajas impiden a los padres hispanos es ser percibidos por sus hijos como modelos de padres o de esposo. Esta frustración también puede darse entre cónyuges si uno de ellos es más bilingüe o mejor aculturado en la sociedad de Estados Unidos, añadiendo así una capa más de dependencia. Los nuevos inmigrantes que se quieren casar en la iglesia se enfrentan a incluso más desafíos. Conseguir una copia de su fe de bautismo de la parroquia en algún pueblito del sur de Guatemala o de Ecuador no es fácil. Tratar con los temas de matrimonios anteriores y anulaciones es todavía más difícil, particularmente en parroquias que no tienen un sacerdote que hable español.


Identidad cultural

Todos los niños que crecen en Estados Unidos se ven impactados por el modo en que, como sociedad, lidiamos con las diferencias raciales y culturales. Para los hispanos en particular, el tema de la raza está marcado por la ambigüedad, ya que los hispanos pueden ser de cualquier raza. Junto con ser mestizos, los hispanos/latinos se enfrentan a un proceso de identidad cultural abierto lo cual añade una capa más de ambigüedad a su identidad personal y cultural, especialmente para los hijos de padres inmigrantes.

Este estar “entre medias” fue bien reflejado en un skid presentado por algunos jóvenes hispanos en un retiro hace algún tiempo. La escena empezaba mostrando cómo a los jóvenes se les imponía la expectativa de que se portaran, hablaran e incluso comieran como si estuvieran viviendo en México, Puerto Rico o El Salvador. Como no podían complacer totalmente a sus padres, tenían que escuchar a menudo cómo estaban perdiendo sus raíces y alejándose de sus propios padres.

Por otro lado, a esos mismos adolescentes se les decía en la escuela que eran demasiado mexicanos, demasiado puertorriqueños, o demasiado latinos y que deberían ser más como los demás.

La tensión de vivir entre dos culturas y escuchar que deben decidirse por una sola, es uno de los aspectos más confusos e incluso dramáticos de vivir como hispano/latino de primera generación. Esta confusión juega un papel significativo en cómo las parejas hispanas se relacionan. El tender el puente entre los diferentes conjuntos de expectativas, valores y papeles que van desde las tareas domésticas a la intimidad sexual es todo un desafío. Las mujeres que trabajan fuera de la casa, los hombres que tienen que hacer tareas domésticas, el compartir la autoridad en el proceso de toma de decisiones como pareja y el llegar a acuerdos sobre cómo criar a los hijos y las diferencias religiosas son áreas de tensión en las parejas hispanas.

Comunidades parroquiales culturalmente diversas

Un creciente número de más de 68 millones de católicos que viven en Estados Unidos hoy viven en parroquias culturalmente diversas. Nuevas olas de inmigrantes católicos que representan muchas razas, lenguas y culturas, viven y celebran su fe bajo un mismo techo y comparten el mismo hogar espiritual con comunidades católicas post-inmigrantes de todo el país. Esto es especialmente cierto para los católicos hispanos, ya que 97% de las parroquias que tienen ministerio hispano son parroquias multiculturales. La imagen de Estados Unidos ha cambiado pasando de ser un “fondue” a un tapiz de muchos tonos. (REnewing the visión. A framework for Catholic youth Ministry). Las imágenes de pizza supreme, una ensalada, o incluso un guiso, también han comenzado a usarse para ilustrar este cambio que reconoce las diferencias culturales como don que enriquece al todo de modos transformadores y unificantes. Por otro lado, sigue aleteando la tentación de esperar que los católicos de distintos orígenes culturales simplemente se asimilen en un programa, grupo o actividad de tamaño único.

La iglesia católica ha sido la gran abogada de los inmigrantes en Estados Unidos. También ha desarrollado modelos para responder a los desafíos a los que se enfrentan los nuevos inmigrantes y sus familias. Algunos ejemplos de estos modelos son la parroquia nacional de finales de 1800s y tempranos 1900s y el ministerio hispano según lo articulan los obispos de Estados Unidos.

Estos modelos se han construido sobre la base de una comprensión de la cultura como parte fundamental de la identidad personal, comunitaria y religiosa de cada persona. Como tal, este concepto distingue y opta por la integración eclesial por encima de la asimilación cultural. En una política de asimilación, dijeron los obispos en 1987:

“Los nuevos inmigrantes se ven forzados a renunciar a su lengua, cultural, valores y tradiciones y a adoptar una forma de vida y culto que les es extraña para poder ser aceptados como feligreses. Esta actitud aliena a los nuevos inmigrantes católicos de la iglesia y los hace vulnerables a las sectas y otras denominaciones. “Por integración eclesial entendemos que nuestro pueblo hispano va a ser acogido en las instituciones de nuestra iglesia a todos los niveles. Van a ser servidos en su lengua siempre que sea posible y sus valores culturales y tradiciones religiosas van a ser respetadas. Más allá de esto, debemos trabajar para conseguir un enriquecimiento mutuo a través de la interacción entre todas las culturas” (Plan Pastoral Nacional para el Ministerio Hispano, 4).

Esta declaración de los obispos tiene una resonancia clara y fuerte en la memoria histórica de la Iglesia católica de Estados Unidos. El mismo principio de integración eclesial versus asimilación cultural que empuja el ministerio hispano estaba en la base del modelo de parroquia nacional que salvaguardó la identidad de los católicos inmigrantes europeos. Este modelo proporcionaba a cada comunidad el espacio eclesial que necesitaba para vivir su fe, orar y dar culto y construir comunidad en el contexto de su propio idioma, cultura y tradición.

Los obispos eran muy conscientes de esto cuando escribieron “La Presencia Hispana” en 1983:

“Estamos llamados a apreciar nuestras propias historias…La iglesia de Estados Unidos ha sido una iglesia inmigrante cuya impresionante trayectoria de cuidado por innumerables inmigrantes europeos sigue siendo sin par. Hoy la misma tradición debe inspirar el enfoque de la iglesia frente a los recientes inmigrantes hispanos y los migrantes, con una autoridad, compasión y decisión similares”.

Salir al encuentro de los jóvenes hispanos

Hay más de 4,000 parroquias con ministerio hispano en Estados Unidos. Sin embargo, muchas de ellas no gozan de ministerio con jóvenes hispanos. Si hay un elemento que pueda fortalecer a las parejas, matrimonios y familias hispanas, es un sólido y vibrante ministerio entre los jóvenes hispanos y los jóvenes adultos. Tal ministerio debe estar encarnado en su realidad y dentro de su propio contexto cultural y lingüístico. El ministerio entre adolescentes encontró su definición en 1976 cuando se publicó la declaración pastoral “Visión para el Ministerio Juvenil”. Desde entonces, el ministerio juvenil ha experimentado un tremendo crecimiento, convirtiéndose en un ministerio sofisticado y profesionalizado entre los adolescentes en general. Durante ese mismo tiempo, el ministerio hispano acogió y desarrolló ministerios y ministros entre los adultos siguiendo un modelo de integración eclesial en parroquias culturalmente diversas.

Desgraciadamente, los jóvenes hispanos sólo se han beneficiado marginalmente del impresionante crecimiento del ministerio juvenil o del ministerio hispano para adultos. La suposición implícita de que los hijos de los nuevos inmigrantes ya sabían inglés o estaban en proceso de aprenderlo convirtió el desarrollo de programas catequéticos culturalmente específicos bastante difícil. En el área de ministerio juvenil, esta suposición era incluso más prevalente ya que los adolescentes de estas comunidades se suponía que se asimilaran en la corriente general del grupo juvenil parroquial, con sus programas y actividades. Esta suposición ha demostrado ser incorrecta, ya que un amplio segmento de la población joven católica ha pasado sin la atención pastoral adecuada.

En su documento; “Encuentro y Misión: un Marco de referencia renovado para el ministerio hispano” (2003), los obispos de los Estados Unidos hacían una clara referencia que ayuda a explicar las razones por las que los adolescentes hispanos se han ido evaporando entre un ministerio juvenil de éxito y el ministerio hispano.

En el caso del ministerio hispano, el principio de integración eclesial versus asimilación cultural se aplicó consistentemente sólo al ministerio con adultos, dejando a los adolescentes en un cierto limbo cultural y ministerial. En cuanto al ministerio juvenil, los obispos dicen que “el modelo tradicional parroquial de pastoral juvenil, en su mayor parte, no ha alcanzado a los adolescentes hispanos a causa de las diferencias económicas, lingüísticas, culturales, de edad y de nivel de educación” (n. 70)

En el mismo documento, los obispos dicen que la mayoría de los programas de ministerio juvenil sirven a los adolescentes de familias bien establecidas en su mayoría de ascendencia europea. Son parte de la cultura dominante, angloparlante y tienden a ser de clase media o media alta. Muchos de ellos viven en los suburbios, tienden más a asistir a escuelas católicas y probablemente vayan a la universidad. En contraste, los adolescentes hispanos pueden ser monolingües en español o inglés o bilingües. Pueden haber nacido en Estados Unidos después de muchas generaciones, o ser nuevos inmigrantes; de clase trabajadora o media, blancos, color café, o negros. La mayoría de ellos van a escuelas públicas, un número significativo tiene un logro académico bajo y menos del 15% irán a la universidad. Tales diferencias económicas, lingüísticas, culturales, raciales y educativas explican en gran medida por qué la mayoría de los adolescentes hispanos que viven en parroquias culturalmente diversas no participan en el ministerio juvenil general. También explica el surgimiento de grupos juveniles alternativos y de movimientos apostólicos para hispanos y por hispanos para llenar el vacío pastoral que crea esta política de asimilación.

La Inculturación del evangelio es vital

El concepto de inculturación del evangelio es central en guiar a las parejas hispanas y a los padres a través de las aguas prometedoras pero desafiantes de la ambigüedad racial y cultural. Implica seguir el ejemplo de Jesús a convertirse en anfitriones generosos y abrazar nuestra diversidad cultural, étnica y lingüística y la presencia singular de Dios en cada una de nuestras vidas, historias y culturas (cf “Many faces in God´s House, p. 5). “Las parejas hispanas no van a simplemente aparecer, inscribirse o unirse a actividades parroquiales y programas que ya están en marcha. Necesitan escuchar la buena noticia en las calles, en sus barrios y en sus hogares”.

También describe una verdadera comprensión católica del ministerio en comunidades diversas que se centra menos en cómo mira y se relaciona la cultura dominante con las “comunidades minoritarias” y más en cómo tener conversaciones y construir relaciones significativas entre los miembros cultural y racialmente diversos de la comunidad parroquial.

En el Directorio Nacional para la Catequesis, la iglesia habla de la inculturación del mensaje del evangelio con las siguientes palabras: “La Palabra de Dios se hizo hombre, un hombre concreto, en el espacio y el tiempo y arraigado en una cultura específica. Por su encarnación, Cristo se comprometió con las circunstancias sociales y culturales concretas de los hombres y mujeres entre los que vivió. Esta es la inculturación original de la palabra de Dios y es el modelo para toda la evangelización de la Iglesia, llamada a traer el poder del Evangelio al propio corazón de la cultura y de las culturas” (n.109).

En el contexto de una parroquia culturalmente diversa, la inculturación comprende todas las riquezas de las diferentes comunidades culturales y étnicas que han sido entregadas a Cristo como herencia. Es un proceso profundo que toca cada cultura profundamente, yendo al propio centro y raíces de cada cultura, tomando de cada una lo que es compatible con los valores del evangelio mientras busca purificar y transformar creencias, actitudes y acciones que son contrarias al reino de Dios. El desafío a inculturar el evangelio nos recuerda que la misión más fundamental de la iglesia es evangelizar, llevar la buena noticia de Cristo a toda situación humana (Go and Make Disciples, p.2).

La Iglesia puede marcar la diferencia

El apoyo que las parejas hispanas encuentran en sus parroquias y otras comunidades de fe puede ser clave para un matrimonio sólido y una familia saludable. Hay estudios que muestran que las familias hispanas que tienen lazos fuertes con su comunidad de fe están más inclinadas a lograr un mayor nivel de educación, así como el éxito económico y social.

¿Cómo puede la iglesia proporcionar un ambiente saludable y un sentido de comunidad a las parejas hispanas y a familias que crecen en parroquias culturalmente diversas hoy y en el futuro? La respuesta a esta pregunta no se encuentra en lo que hacemos, sino en lo que somos y en cómo nos relacionamos unos con otros. En el documento “Encuentro y Misión: un Marco Pastoral Renovado para el Ministerio Hispano” (2002), los obispos de Estados Unidos articulan una respuesta pastoral que llama a los hispanos y a todos los ministros a ser pueblo puente, a ser fieles al mensaje de Cristo y al pueblo al que están llamados a servir en su nombre y a recordar que el cómo hacemos las cosas es tan importante como lo que hacemos.

En primer lugar, los sacerdotes y ministros eclesiales laicos deben ser más conscientes de la llamada y estar comprometidos con la llamada a acoger a los hispanos, abrazarlos y caminar con ellos; dejando atrás el lenguaje de “nosotros-ellos” y entrando en el lenguaje de todos nosotros juntos. Debemos hacer de la iglesia hogar y escuela de comunión. (Novo Millennio Ineunte, 43).

En segundo lugar, lo que hacemos como ministros católicos debe estar arraigado en el compromiso doble que tenemos al mensaje de Cristo y al pueblo con quien vivimos y a quien servimos. Esto requiere un conocimiento sólido de Cristo y su mensaje así como un conocimiento interpersonal de los hispanos en nuestra parroquia y del contexto cultural, religioso, social y económico en el que viven. Tal conocimiento nace de nuestros esfuerzos de escuchar bien, ser sensibles y estar auténticamente interesados en las vidas de las personas, en sus necesidades, aspiraciones e ideas.

Tercero, los ministros ordenados y laicos deben ser comunicadores eficaces del mensaje de Cristo entre la gente que habla español y tiene una cultura particular y un modo de hacer las cosas. Esto incluye la comprensión de cómo toman decisiones los hispanos, cómo aprenden, cómo se organizan y cómo se unen a otros grupos. Tal consciencia y compromiso nos ayuda a acogerlos y capacitarlos para desarrollar y ejercitar su liderazgo. Recomendaciones pastorales

Conseguir el equilibrio entre las necesidades y aspiraciones de las familias de distintas comunidades culturales y étnicas no es fácil. Igualmente desafiante es aceptar las diferencias y enfrentarse a todos los casos de prejuicio, estereotipo cultural y expresión de racismo presente en nuestra sociedad.

En la convocatoria del Encuentro 2000, el acontecimiento nacional que se celebró en Los Ángeles en el año del Jubileo, los obispos hablaron de la necesidad de reconocer y acoger nuestra diversidad cultural, étnica y lingüística y la presencia única de Dios en las vidas de todos, en sus historias y culturas. El aumento de la diversidad cultural desafía a todos los católicos a lograr la integración eclesial, a descubrir los modos en los que nosotros, como comunidades católicas, podemos ser una iglesia y sin embargo, venir de distintas culturas y etnias. (Muchos rostros en la casa de Dios, p. 4). Este doble compromiso a la unidad en la diversidad se enfatiza en varias declaraciones pastorales a principios del siglo XXI. El hilo conductor de todos es una llamada al ministerio que requiere el compromiso a dar la bienvenida y fomentar la identidad cultural específica de cada uno de los muchos rostros de la iglesia, mientras que se construye una identidad profundamente católica que fortalece la unidad del cuerpo de Cristo (Encuentro y Misión, 2002).

En “Renovar la Visión para el ministerio juvenil” esta llamada pone énfasis en “la necesidad de enfocarse en un ministerio especializado para la juventud de culturas raciales y étnicas especiales y, al mismo tiempo, promover el conocimiento mutuo y la unidad entre todos los jóvenes” (n.22). Solamente en el contexto de esta unidad en la diversidad pueden ser relevantes los programas específicos y las prácticas pastorales sobre el matrimonio y la familia entre hispanos. “Una vez que las parejas hispanas tienen el espacio eclesial para compartir, aprender y orar en el contexto de sus propias culturas, tienen un enorme éxito en construir comunidad entre ellos. Esto incluye el desarrollo de planes y programas, así como la formación de los movimientos apostólicos”.

Las siguientes recomendaciones pastorales hablan de cinco áreas importantes o principios que pueden guiar los esfuerzos del ministerio en el contexto de la parroquia.




Desarrollar el ministerio matrimonial y familiar

Los siguientes siete pasos son un mapa de ruta para el desarrollo del ministerio matrimonial y familia entre los hispanos en su parroquia. Cada paso marca un nuevo desarrollo y tiene su propia tarea central que cumplir en el momento en que los hispanos pasan de ser invitados a ser administradores de la comunidad parroquial. Los siete pasos también describen un proceso continuado de integración eclesial que construye la unidad en la diversidad.